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viernes, 10 de agosto de 2012

El soporte del cielo

Paseando por Sevilla una tarde de invierno, me perdí por el barrio de Santa Cruz. Estaba lloviendo a cántaros, no me imaginé que el sol que lucía cuando salía de mi casa, llegaría a taparse con tanta agua.
Paseaba tranquilamente con el chaquetón impermeable, disfrutando del barrio vacío, ya que los guiris de los veladores se estaban refugiando dentro de los bares.
Toda esa estampa me transportaba a la ciudad de hace unos siglos atrás. Calles inundadas, las velas en las mesas de los bares hacían que pareciera todo el barrio una cueva.


Siguiendo el camino de las calles estrechas y evitando no resbalarme encontré una pequeña corriente de agua resbalando por el suelo llegando hasta mis pies. Seguí perdido, pero sabiendo que todo eso era lo que me gustaba, porque tarde o temprano iba a ver alguna salida.
Calles empedradas y plazas, incluso algún soportal que servía para refugiarme del manto de agua. Pero, prefería seguir andando.
Estudiantes con sus mochilas en lo alto, mujeres malabaristas en tacones, sin saber cómo no se torcían el tobillo. Placas en las paredes recordando citas o casas de nacimientos de poetas, músicos, pintores...
Estaba disfrutando como un niño chico abriendo un regalo, descubriendo en cada tirón del papel de regalo un poco más de cual iba a ser su regalo. Cada calle me llevaba más cerca de aquel sitio que descubrí ese día. Subiendo una calle por la que soplaba un viento fuerte por la espalda, me encontré con ese patio.
No diría que me quedara asombrado por su belleza, pero si por encontrar algo así allí. Las paredes llenas de yedra, un suelo tapado por un pequeño lago, y unas columnas que salían del agua y parecían sostener toda esa cueva por la que estaba andando.
El aguacero que caía me impedía ver los detalles, pero esas columnas atraparon toda mi atención. ¿Cómo habrían llegado allí?
Cómo un zombi seguí andando por el laberinto de pasadizos y calles inundadas, sin saber por dónde andaba, pensando en aquéllas columnas.

Cuando me desperté en Mateos Gago, volvió mi empanamiento, al descubrir la salida de la cueva, justo al lado de la viga maestra fortísima de que la sustentaba...


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