Comencé
a subir sin saber realmente si llegaría a mi destino.
Con las botas puestas, agua, comida y mi bordón preparado me fui a aquel camino que siempre se me resistía. Tantas veces que lo intenté, tantas veces me venció.
Pensamiento positivo, liarme la manta a la cabeza y no mirar nunca atrás. Otras veces que vine a intentarlo, ví a cabras que parecían andar sobre las nubes, con una seguridad asombrosa saltando de piedra en piedra sin dar un paso en falso. Estaba pensando que ésa vez sería una cabra, no daría un paso en falso, pies de plomo y mirada siempre al frente y si podía ser, andar sobre las nubes...
Cualquiera que se adentrara en mis pensamientos, iba a creer que estaba loco... Cómo una cabra...
El principio se me hizo liviano, ya conocía el camino.
Los habitantes del pueblo me miraban fijamente yo les correspondía la mirada con la misma dureza con la que ellos me miraban. Me recordaban de otras veces, y seguramente pensarían que volvería a la vuelta cabizbajo, intentando no mirar hacia delante, intentando no mirar hacia ningún sitio. Solo cerrando los ojos y encontrarme en mi cama arropado hasta el cuello intentando escapar de ese malestar que me tenía cegado y no me dejaba tener otro pensamiento que el de conseguir mi meta.
Fui pasando por aquellos lugares donde otras veces se acabaron mis fuerzas, veía versiones de mi mismo frustradas, pagándolo con la primera piedra que me encontrara, tirando la toalla. Pero miraban con esperanza, como si supieran que ésta versión de mi mismo iba a ser la que consiguiera llegar.
Pensando en todo eso, me fijé en cosas que otras veces no llamaron mi atención.
Pequeñas cuevas acogedoras en las que si me hubiera refugiado anteriormente, hubiese pasado la noche allí y quizás hubiese llegado a mi destino. Eran unos pequeños orificios en la montaña, tapados por matorrales que daban cobijo, a cambio de cuidarlo y taparlo de las inclemencias del tiempo, y así pudieran estar a disposición de quien lo necesitase, o de quien llegara a encontrarlo.
Esos huecos fueron mi gran salvación, y siempre que los utilizaba los tapaba con tal recelo, que no quería que el mismo tiempo los estropeara.
Llegué al punto más lejano donde había estado, el más cercano a mi destino. Sensación de alegría a la misma vez que desamparo. Caminos nuevos, nuevos peligros, más lejos de la civilización, más cerca del final de mi camino. Tenía mucha más fortaleza gracias a aquellos cobijos. Aunque, necesitaba tener algo más que un cobijo, mis reservas de comida escaseaban. Empecé a comer pequeños insectos, bayas, etc. Ya que era lo único que estaba a mano. La alegría de estar cerca, no convencían a mi desanimo, provocado por no encontrar algo que mereciera la pena llevarse a la boca. Los insectos nocturnos no me aportaban casi nada, solo el llenarme el estomago con algo que no contenía alimentos.
A punto de encontrar a la locura estuve cuando miré al suelo y apareció como de la nada un manjar suculento en el pie de un acantilado, poco tiempo fue el que tardó la comida en llegar a mi desesperación y convertirla en alegría. Fue tal el ímpetu con el que me levanté que me caí de espaldas y caí rodando en una cueva. Cuando terminé de caer y abrí los ojos lentamente, los pulmones se me llenaron de aire para soltar suspiro profundo y tranquilizador.
- Aunque no haya llegado a la cima, he llegado a mi destino.
Tantas casualidades juntas, me hicieron encontrar la cueva más acogedora que nunca hubiera imaginado...
Con las botas puestas, agua, comida y mi bordón preparado me fui a aquel camino que siempre se me resistía. Tantas veces que lo intenté, tantas veces me venció.
Pensamiento positivo, liarme la manta a la cabeza y no mirar nunca atrás. Otras veces que vine a intentarlo, ví a cabras que parecían andar sobre las nubes, con una seguridad asombrosa saltando de piedra en piedra sin dar un paso en falso. Estaba pensando que ésa vez sería una cabra, no daría un paso en falso, pies de plomo y mirada siempre al frente y si podía ser, andar sobre las nubes...
Cualquiera que se adentrara en mis pensamientos, iba a creer que estaba loco... Cómo una cabra...
El principio se me hizo liviano, ya conocía el camino.
Los habitantes del pueblo me miraban fijamente yo les correspondía la mirada con la misma dureza con la que ellos me miraban. Me recordaban de otras veces, y seguramente pensarían que volvería a la vuelta cabizbajo, intentando no mirar hacia delante, intentando no mirar hacia ningún sitio. Solo cerrando los ojos y encontrarme en mi cama arropado hasta el cuello intentando escapar de ese malestar que me tenía cegado y no me dejaba tener otro pensamiento que el de conseguir mi meta.
Fui pasando por aquellos lugares donde otras veces se acabaron mis fuerzas, veía versiones de mi mismo frustradas, pagándolo con la primera piedra que me encontrara, tirando la toalla. Pero miraban con esperanza, como si supieran que ésta versión de mi mismo iba a ser la que consiguiera llegar.
Pensando en todo eso, me fijé en cosas que otras veces no llamaron mi atención.
Pequeñas cuevas acogedoras en las que si me hubiera refugiado anteriormente, hubiese pasado la noche allí y quizás hubiese llegado a mi destino. Eran unos pequeños orificios en la montaña, tapados por matorrales que daban cobijo, a cambio de cuidarlo y taparlo de las inclemencias del tiempo, y así pudieran estar a disposición de quien lo necesitase, o de quien llegara a encontrarlo.
Esos huecos fueron mi gran salvación, y siempre que los utilizaba los tapaba con tal recelo, que no quería que el mismo tiempo los estropeara.
Llegué al punto más lejano donde había estado, el más cercano a mi destino. Sensación de alegría a la misma vez que desamparo. Caminos nuevos, nuevos peligros, más lejos de la civilización, más cerca del final de mi camino. Tenía mucha más fortaleza gracias a aquellos cobijos. Aunque, necesitaba tener algo más que un cobijo, mis reservas de comida escaseaban. Empecé a comer pequeños insectos, bayas, etc. Ya que era lo único que estaba a mano. La alegría de estar cerca, no convencían a mi desanimo, provocado por no encontrar algo que mereciera la pena llevarse a la boca. Los insectos nocturnos no me aportaban casi nada, solo el llenarme el estomago con algo que no contenía alimentos.
A punto de encontrar a la locura estuve cuando miré al suelo y apareció como de la nada un manjar suculento en el pie de un acantilado, poco tiempo fue el que tardó la comida en llegar a mi desesperación y convertirla en alegría. Fue tal el ímpetu con el que me levanté que me caí de espaldas y caí rodando en una cueva. Cuando terminé de caer y abrí los ojos lentamente, los pulmones se me llenaron de aire para soltar suspiro profundo y tranquilizador.
- Aunque no haya llegado a la cima, he llegado a mi destino.
Tantas casualidades juntas, me hicieron encontrar la cueva más acogedora que nunca hubiera imaginado...
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