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martes, 3 de diciembre de 2013

Una historia rara, diferente, alegre - 1

Un día lo vi y me pegó su sonrisa.
Cambió su forma de vestir al mismo tiempo que le dejó de preocupar tanto el aspecto físico.
Los problemas banales le dejaron de preocupar, y poco a poco, empezó a crecer una sonrisa en su cara.
Todo se fue transformando sin apenas darse cuenta.


Se dio cuenta que podía vivir sin transporte privado, cogiendo el autobús. Ajustando horarios, andando un poco más. Eso le hizo ganar forma física.
Se dio cuenta que al quedar con sus amigos prefería ir a un sitio con música baja para poder hablar mejor.
Se dio cuenta de que perdió la cuenta de los días que pasaban, el tiempo volaba al ser feliz.

Un día pensó en transmitir felicidad, simplemente por diversión. Por hacer un experimento y si salía bien sería capaz de sacarle una sonrisa a cualquier persona que se encontrara con él. ¿Cuántas de las personas con las que se cruzaba le devolvían la sonrisa? Ya fueran conocidos, amigos, desconocidos...
Ese día se despertó, se duchó y se vistió con su sonrisa.
Nada más salir a la calle vio a todo el mundo con una cara seria. Todo el mundo iba a su trabajo, como él.
En la parada del autobús reconoció a un vecino suyo que le saludó con los buenos días, y él se lo devolvió pero, con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando entró en el autobús reconoció a un amigo del colegio al final de éste. Se abrió paso entre la gente malhumorada con buenos días, ¿me hacer el favor? La gente lo miraba extrañada por el ímpetu que ponía a su frase a primera hora de la mañana.
Llegó a su amigo, al que no veía desde hace tiempo y lo saludó con un abrazo.
Mientras hablaban el amigo fue comentando problemas en el trabajo y él simplemente le habló de lo bien que se lo pasaban los dos juntos cuando eran pequeños jugando con muñecos del Jurasic Park, diciéndole que tenían que quedar para tomarse algo algún día.
Se despidieron al bajar en su parada, todavía le quedaba un buen camino andando hasta su trabajo.
De camino siguió su experimento, ahí pudo ponerlo más en práctica con desconocidos. No solía encontrarse a ningún conocido por ese camino.
Al llegar al trabajo saludó de forma efusiva al portero, a la secretaria del despacho, y a sus compañeros de trabajo.
La reacción de todo el mundo fue una sonrisa, ya sea con cara de extrañado, con cara de dar las gracias, con cara de "este tío está loco" o con cara indiferente.
- ¡Parece ser que la sonrisa se contagia más que el bostezo! - Se felicitó a él mismo por ese hallazgo.

Enorgulleciéndose de haber transmitido, aunque sea una sonrisa, empezó a divagar:
La gente que me ha tomado por loco, puede que tenga razón el en sentido de que dentro de nuestra sociedad, no se suele sonreír a un desconocido. Pero, aunque haya ganado algún prejuicio o falsa opinión de un desconocido sobre mí, no me importa.
Las personas que me conocían, quizás no sepan que soy así. Aunque me gustaría saber que pensaron al verme. ¿Realmente les contagié parte de mi felicidad? ¿O hay parte de hipocresía?
Sobre mis amigos saben que soy así. Y me alegré al ver una sonrisa en su cara.
Volviendo a divagar, pensé: ¿Y si lo pusiera en práctica todos los días? O mejor, ¿Y si hago una cadena de sonrisas?

Quizás me tomen por loco, pero vivo muy feliz en mi locura.

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