Hoy conocí a una persona.
No es rica en virtudes, pero tampoco en defectos. No te quedas mirándola por su belleza, pero si te fijas dentro de sus ojos te pasarías todo el tiempo mirándolos incluso en la oscuridad de mi cama.
Hace virtudes los defectos propios y ajenos. Y cuando me hace falta una sonrisa, me la contagia. No sale en revistas del corazón, no le van los realities, le gusta curiosear para aprender más de la vida. Cerrando los ojos la sigo viendo. Riéndose de cualquier cosa, eso es lo que hizo fijarme en ella, su sonrisa. Lejos de ser perfecta, es canalla pero sincera, las perfecciones tienen las piernas muy cortas, su sinceridad no conoce límites. Es resolutiva, sabe hacer casi todo por ella misma, y si no lo sabe pide que le enseñen. Lo da todo sin tener nada, pero vale más que el oro de las pasarelas. Te da cariño cuando ella quiere, pero lo mejor es que coincide cuando yo quiero.
Contagia la sonrisa con palabras, no con muecas. Y de esa forma cuando sonríe da algo inesperado, una sorpresa agradable para los ojos que la ven.
Cuando se viste, pregunta si está guapa, o me dice que yo no le he dicho nada. Pero para ella es una pregunta retórica. No es menos mujer por no apoyarse en los hombres ni más mujer por ir arreglada siempre, simplemente hace lo que le gusta, no se deja llevar por modas, piensa que es lo mejor para ella, tiene su propia mentalidad y personalidad. Su vida esta curtida a base de sentimientos. No ha tenido grandes problemas ni grandes satisfacciones, sola se ha curtido a si misma.
Pero lo mejor de su sonrisa es cuando sabes que tu la has puesto en su cara.
Después de ocho horas, una noche entera conociéndola, me propuse desayunar quitarme el pijama, vestirme como siempre y salir a la calle, pensando, que algún día, la conocería fuera de los sueños.
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