SE ENTREVÉ EL CIELO
El día comenzó ya raro.
Amaneció frío, con nubes finas, como si el cielo se dejara entrever entre
ellas. No hacía viento, las calles parecían un decorado de 300, las nubes le
daban unas sombras que hacían que te trastocara la cabeza y pareciera un sueño
en vez de la realidad.
- ¿Dónde vas? - me
preguntó mi madre, que me veía desorientado. - ¿No íbamos primero a tomarnos un
café?
- Sí... Claro -
contesté cayendo que estaba ya en la calle. Había dormido mal y ni
siquiera me acordaba de cuándo había caído dormido.
- Estás un poco
acarajotado hoy... Será el tiempo, ¿no?
No contesté, me
quedé mirando al suelo hasta que llegamos a la cafetería. Pensaba en pasar esta
situación de largo, como un cobarde que se tapa entre las sábanas esperando a
que llegase la luna para volver a dormir. Quería que el tiempo pasara rápido,
que pasara pronto esta borrachera.
- El tiempo lo
curará todo. -dije en voz baja mientras movía el café, susurrando al aire para
que alguien me escuchara, por si de algo servía.
Pasé el desayuno sin
apenas hablar con mi madre, no quería decir una palabra para que no saliera el
tema. Ya estaba cansado de médicos, conversaciones sin sentido, personas que
sabían de mi problema y eran expertas porque ya le pasó a un primo suyo.
Llegamos a la
consulta del médico antes de la hora, no me acuerdo si había muchas personas
esperando, sólo me fijaba en un cartel en el que una enfermera me mandaba a
callar. Ese cartel me gustaría tenerlo guardado en el bolsillo para sacarlo a
quien me preguntara por mi enfermedad sólo por morbo.
- ¡Vamos! - me avisó
mi madre dándome un tirón, mientras terminaba de sonar mi nombre por megafonía.
Las enfermeras me
dejaban pasar como si me fuera a chocar con ellas. La cara que tenía que tener
sería un poema...
- Buenas días,
siéntese. - Dijo el médico con voz amable. Una amabilidad que sentía falsa,
propia de la profesión.
- ¿Cómo se
encuentra?
- Pues bien... -
contesté con la boca chica.
Empezó a hablar mi
madre con él de cómo estaba y qué había pasado desde la última vez que vine a
la consulta. En mi cabeza sonaban chirigotas, quizás evitando inconscientemente
enterarme de palabras que no iba a entender y me iban a hacer pensar más.
- ¿Los análisis que
les pedí los tiene ahí? - me preguntó el médico por segunda vez, interrumpiendo
mi hilo musical.
- Sí, tome usted. -
le tendí el galimatías de números que tenía entre las manos sudadas. No lo
quise ver en casa, claro que tampoco lo iba a entender...
Abrió el sobre y se
puso a leer con aire interesante. El pulso empezó a subirme esperando a que me
dijera la traducción en español de las integrales triples que debían de haber
en ese sobre.
- Hay buenas
noticias. - dijo el médico con una sonrisa esperanzadora. A mí me seguía
subiendo el pulso, escuchaba las palpitaciones hasta en mis oídos. Cerré los
ojos, crucé los dedos de una mano porque la otra estaba ocupada por mi madre,
apretándome con más fuerza de la que siempre supuse que tenía. Escuché al
médico decir las palabras que estaba esperando escuchar desde hacía ya unas cuantas
semanas.
- Parece que todo
está bien, aun así seguiremos con tratamiento un tiempo.
Allí estaba en la
consulta con cara de trance, de sorpresa inesperada, deseando de bajar de
las nubes sin paracaídas. Deseando salir para susurrar a los cuatro vientos, ya
que había algo en mí que no quería creérselo. Por si todo esto era otro sueño.
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