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lunes, 4 de febrero de 2013

Historia que mal empieza, bien acaba


Todas las partes de "Historia que mal empieza, bien acaba" las he puesto en una misma entrada ;)


SE ENTREVÉ EL CIELO

El día comenzó ya raro. Amaneció frío, con nubes finas, como si el cielo se dejara entrever entre ellas. No hacía viento, las calles parecían un decorado de 300, las nubes le daban unas sombras que hacían que te trastocara la cabeza y pareciera un sueño en vez de la realidad.

- ¿Dónde vas? - me preguntó mi madre, que me veía desorientado. - ¿No íbamos primero a tomarnos un café?
- Sí... Claro - contesté cayendo que estaba ya en la calle. Había dormido mal  y ni siquiera me acordaba de cuándo había caído dormido.
- Estás un poco acarajotado hoy... Será el tiempo, ¿no?
No contesté, me quedé mirando al suelo hasta que llegamos a la cafetería. Pensaba en pasar esta situación de largo, como un cobarde que se tapa entre las sábanas esperando a que llegase la luna para volver a dormir. Quería que el tiempo pasara rápido, que pasara pronto esta borrachera.
- El tiempo lo curará todo. -dije en voz baja mientras movía el café, susurrando al aire para que alguien me escuchara, por si de algo servía.
Pasé el desayuno sin apenas hablar con mi madre, no quería decir una palabra para que no saliera el tema. Ya estaba cansado de médicos, conversaciones sin sentido, personas que sabían de mi problema y eran expertas porque ya le pasó a un primo suyo.
Llegamos a la consulta del médico antes de la hora, no me acuerdo si había muchas personas esperando, sólo me fijaba en un cartel en el que una enfermera me mandaba a callar. Ese cartel me gustaría tenerlo guardado en el bolsillo para sacarlo a quien me preguntara por mi enfermedad sólo por morbo.
- ¡Vamos! - me avisó mi madre dándome un tirón, mientras terminaba de sonar mi nombre por megafonía.
Las enfermeras me dejaban pasar como si me fuera a chocar con ellas. La cara que tenía que tener sería un poema...
- Buenas días, siéntese. - Dijo el médico con voz amable. Una amabilidad que sentía falsa, propia de la profesión.
- ¿Cómo se encuentra?
- Pues bien... - contesté con la boca chica.
Empezó a hablar mi madre con él de cómo estaba y qué había pasado desde la última vez que vine a la consulta. En mi cabeza sonaban chirigotas, quizás evitando inconscientemente enterarme de palabras que no iba a entender y me iban a hacer pensar más.
- ¿Los análisis que les pedí los tiene ahí? - me preguntó el médico por segunda vez, interrumpiendo mi hilo musical.
- Sí, tome usted. - le tendí el galimatías de números que tenía entre las manos sudadas. No lo quise ver en casa, claro que tampoco lo iba a entender...
Abrió el sobre y se puso a leer con aire interesante. El pulso empezó a subirme esperando a que me dijera la traducción en español de las integrales triples que debían de haber en ese sobre.
- Hay buenas noticias. - dijo el médico con una sonrisa esperanzadora. A mí me seguía subiendo el pulso, escuchaba las palpitaciones hasta en mis oídos. Cerré los ojos, crucé los dedos de una mano porque la otra estaba ocupada por mi madre, apretándome con más fuerza de la que siempre supuse que tenía. Escuché al médico decir las palabras que estaba esperando escuchar desde hacía ya unas cuantas semanas.
- Parece que todo está bien, aun así seguiremos con tratamiento un tiempo.
Allí estaba en la consulta con cara de trance, de sorpresa inesperada, deseando de bajar de las nubes sin paracaídas. Deseando salir para susurrar a los cuatro vientos, ya que había algo en mí que no quería creérselo. Por si todo esto era otro sueño.


AQUELLA EXTRAÑA SOMBRA

Cuando salí había aparecido el sol, todas las nubes excepto algunas en el horizonte habían desaparecido.
- Bonita metáfora. - dije a mi madre con una sonrisa de oreja a oreja más grande que la de ella, si cabe.
Cuando cerraba los ojos y respiraba hondo, todo mi cuerpo se levantaba del suelo a la vez que mi pecho, un hormigueo en los pies que me hacía sentir sentir vértigo y una inestabilidad que me decía que bajara al suelo que si no, el tortazo sería mayor, ya que todo cae por su propio peso...
Intentaba recordar un día normal en mi vida, pero me fué imposible, todos mis recuerdos estaban manchados con esa extraña sombra con la que había amanecido el día.
Quería llamar a todo el mundo para contarlo, pero nada más que lo sabían unos cuantos.
- ¿Ya te han dicho algo? - dijo Paco justo después de descolgar el teléfono. No me había dado tiempo ni de decirle hola.
- Si!!! jeje. Estoy como un bebé! jajajaja.
- Jajaja, qué me alegroo!!! - seguíamos riendo cuando empecé a escucharle como lloraba, aunque intentara disimularlo. Me recordó todo lo que habíamos vivido desde que lo conocí. Muchísimos ratos juntos, tirones de oreja, pero un apoyo siempre que lo llamaba y cuando no, también. Nos pasamos un buen rato callados, intentando sofocar las lágrimas.
- ¡Qué mala es la alergia que te hace llorar siempre!, ¿no? - conseguí articular esa frase cuando respiré hondo y la solté rápidamente.
- Jeje, es que hoy por lo visto hay mucho nivel de polen en el aire. - me siguió la guasa Paco. Siempre nos seguíamos las bromas con tantas paridas que no llegábamos a recordar cómo empezó todo. Seguimos con las risas tontas hasta que le corté con un: - Gracias por todo.
- Gracia la que tú me haces. - contestó para quitarle importancia a todo lo que había hecho.
- ¿Has llamado a Carmen? - me preguntó intrigado para ver cómo iba todo.
- No, ahora la llamaré y le contaré las cosas. Tampoco quiero estar mintiendo más.
Carmen era alguien que estaba conociendo, no sabía nada de lo que me estaba pasando. No quise decirselo para no dar pena.
- ¡Hola! ¿Qué tal estás? - dije por teléfono sin poder ocultar mi entusiasmo.
- Uuui, que ánimo. Jeje. - respondió sorprendida ya que sólo me había conocido de capa caída. -¿Cómo estás?
- Mejor que NUNCA. - no me salían más palabras. La sonrisa que tenía me impedía hablar.
- ¿Eres la misma persona que conocí hace dos semanas?
- No, soy otra, soy la persona que debías haber conocido hace dos semanas. - estuve pensando en los momentos que forcé la sonrisa sin tener ganas. - Te tengo que contar unas cosas. ¿Cuándo puedes quedar?
- Pues, ¿te viene bien hoy a las 6?
- Sí, me va bien. Nos vemos entonces donde siempre. ¿No?
- Vale, después nos vemos. Un beso.

Estaba deseando contárselo, pero no porque sintiera algo especial por ella, sino para dejar todos los silencios incómodos cuando hablábamos de mí. Y así poder conocerla sin aquella extraña sombra. 


A POCOS CENTÍMETROS

- ¡Buenas! ¿Qué tal estás? - dije con una sonrisa que se me notaba en todo el cuerpo.
- Bien pero, tú eres el que me tienes que dar las noticias ¿no? - preguntó con intriga.
- Pues sí, tengo buenas noticias. - hice una pausa preparatoria mientras ella temía mi charla, a mí me temblaban las piernas. - No te he querido decir nada durante todo este tiempo para no preocuparte o para que no desaparecieras jeje.
- Mmmm, me estás asustando... -me interrumpió. - ¿Qué es tan importante para que me pueda preocupar?, ¿Tu padre es militar y tengo que pedirle permiso para llevarte a mi casa?

Mirando su sonrisa recordaba cuando la conocí...
Estaba corriendo en el parque cuando me quedé mirando un nido que estaban construyendo una pareja de pájaros. La siguiente imagen que recuerdo era la del albero a pocos centímetros de mi cara. Me empecé a reír para disimular el dolor que tenía al haberme chocado con otra persona. Esa fue la primera vez que la escuché:
- ¡Mira por dónde vas! - dijo Carmen echándome la culpa de todo lo acontecido.
- Dos personas no se chocan si una no quiere... - dije con una lucidez que no tenía desde que me habían dado la mala noticia de mi enfermedad.
- Jaja - sonrió con una cara sorprendida - Entonces... los dos queríamos, ¿no?
- No, yo estaba mirando el nido y no me fijé en ti. Eres tú la que querías chocar conmigo, a no ser que seas tan estúpida de correr mirando para arriba como yo. - medio avergonzado y asombrado de mi salida me levanté riendo y cuando la vi me di cuenta que también me sonreía. Nos quedamos paralizados un segundo y volvimos los dos por nuestros caminos.

- No tonta...déjame hablar.
- Haré un esfuerzo. - dijo Carmen con una sonrisa.
- Hace poco me dijeron que posíblemente tenía la enfermedad que tuvo mi padre.
Apagó la sonrisa y preguntó extrañada: - ¿Tu padre? - ya que sabía que mi padre murió hace unos años.
- Si, mi padre. - contesté haciendo inmediatamente una pausa para seguir cogiendo fuerzas y seguir explicandole, quizás preparándome para un posible adiós, y no un hasta luego. - Me estuvieron haciendo pruebas desde poco después de conocernos y hoy me han dado los resultados.
Seguía impactada. Respirando hondo cogió impulso para preguntarme: -¿No me has querido decir nada por miedo?
- Sé que te lo debí contar antes, pero no me sentía con fuerzas para que me dijeras que ya nos veríamos... que ya no cogieras mis llamadas... No tenía fuerzas. - dije encogiendo el pecho y expirando todo el aire que me quedaba dentro. Castigándome sin coger aliento, porque, aunque no lo quise hacerlo con ninguna maldad, suponía que había fastidiado la oportunidad de conocerla más.
- Mírame - dijo más fría que un carámbano. - Si tú crees que no sé lo que vales y que te voy a dejar escapar por esto, vas aviado.
Me quedé paralizado, estaba acostumbrado a ese tipo de contestaciones pero cada vez me sorprendía más. Cada vez que escuchaba una frase de esas que le quitan importancia a las cosas banales, la imaginación se iba camino a la locura.
La siguiente imagen que recuerdo era la de sus ojos a pocos centímetros de los míos.

Los siguientes días que nos cruzábamos en el parque después del encontronazo, intentaba desviar la mirada, me sentía tan mal, como si todo lo que tocara lo fuera a fastidiar. Pero incompresiblemente, cuando nos veíamos en el parque, ella se reía de mi con una frase, seguido de una risa burlona:
- No mires hacia las estrellas, que después terminas estrellado.

LAS CONVERSACIONES SE QUEDARON A UN LADO...


Todo estaba perfecto. Estaba mucho más seguro de mí mismo, de lo que quería, de lo que sentía. Quería hablar a los cuatro vientos, y decir que era feliz en el momento en el que la besaba.

Estaba centrado sólo en disfrutar ese momento, algo que pocas veces me pasó. Sólo te pasa cuando sientes algo por la otra persona. Los oídos se hacen sordos a sonidos extraños, la piel se vuelve hipersensible y la vista sólo la utilizas cuando te separas, para decir con una mirada todo lo que no se puede decir con las palabras. 

- Las caricias que te doy te las quedas para ti, pero el recuerdo que queda no lo apartes de mí. 

El tiempo pasó muy rápido, los días corrían, estaba tan alto que me tenían que avisar de lo que pasaba a mi alrededor.
- ¡Quillo, dónde vas! ¡Que está el semáforo en rojo! - me avisaban de vez en cuando, cuando ya estaba a mitad de la carretera, me quitaba corriendo y sonreía a la nada de forma estúpida con el pavo que me caracterizaba en aquel tiempo. Suspiraba cuando ya estaba en la acera con la mano tapándome los ojos manteniendo aquella sonrisa eterna.
Algunas veces deseaba que pasara todo ese tiempo en el que parecía sedado, para así ver las cosas tal y como eran. Pero en el fondo no quería quitarme esa lente que me hacía ver las cosas con otros tonos, no quería que todo se esfumara. No quería volver a caer en la cordura.

Borracho de aire y de caricias volaban los meses, hasta caer en la cuenta que todo aquello había cambiado. Pero no empeoró, estaba cuerdo y cada vez tenía más ganas de estar junto a ella.

El tiempo cambia los colores, cambia la perspectiva, pero no cambia la forma.

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