A POCOS CENTÍMETROS
- ¡Buenas! ¿Qué tal
estás? - dije con una sonrisa que se me notaba en todo el cuerpo.
- Pues sí, tengo buenas
noticias. - hice una pausa preparatoria mientras ella temía mi charla, a mí me temblaban las piernas. - No te
he querido decir nada durante todo este tiempo para no preocuparte o para que
no desaparecieras jeje.
- Mmmm, me estás
asustando... -me interrumpió. - ¿Qué es tan importante para que me pueda
preocupar?, ¿Tu padre es militar y tengo que pedirle permiso para llevarte a mi
casa?
Mirando su sonrisa recordaba cuando la conocí...
Estaba corriendo en el
parque cuando me quedé mirando un nido que estaban construyendo una pareja de
pájaros. La siguiente imagen que recuerdo era la del albero a pocos centímetros
de mi cara. Me empecé a reír para disimular el dolor que tenía al haberme
chocado con otra persona. Esa fue la primera vez que la escuché:
- ¡Mira por dónde vas! - dijo Carmen echándome la culpa de todo lo acontecido.
- Dos personas no se
chocan si una no quiere... - dije con una lucidez que no tenía desde que me
habían dado la mala noticia de mi enfermedad.
- Jaja - sonrió con una
cara sorprendida - Entonces... los dos queríamos, ¿no?
- No, yo estaba mirando
el nido y no me fijé en ti. Eres tú la que querías chocar conmigo, a no ser que seas tan
estúpida de correr mirando para arriba como yo. - medio avergonzado y asombrado de mi salida me levanté riendo y cuando la vi me di cuenta que también me sonreía. Nos quedamos paralizados un segundo y volvimos los dos por nuestros caminos.
- No tonta...déjame
hablar.
- Haré un esfuerzo. -
dijo Carmen con una sonrisa.
- Hace poco me dijeron
que posíblemente tenía la enfermedad que tuvo mi padre.
Apagó la sonrisa y preguntó extrañada: - ¿Tu padre? - ya que sabía que mi padre murió hace unos años.
- Si, mi padre. - contesté
haciendo inmediatamente una pausa para seguir cogiendo fuerzas y seguir
explicandole, quizás preparándome para un posible adiós, y no un hasta luego. - Me estuvieron haciendo pruebas desde poco después de conocernos y hoy me han dado los resultados.
Seguía impactada. Respirando hondo cogió impulso para preguntarme: -¿No me has querido decir nada por miedo?
- Sé que te lo debí
contar antes, pero no me sentía con fuerzas para que me dijeras que ya nos
veríamos... que ya no cogieras mis llamadas... No tenía fuerzas. - dije
encogiendo el pecho y expirando todo el aire que me quedaba dentro.
Castigándome sin coger aliento, porque, aunque no lo quise hacerlo con ninguna
maldad, suponía que había fastidiado la oportunidad de conocerla más.
- Mírame - dijo más fría que un carámbano. - Si tú crees que no sé lo que vales y que te voy a
dejar escapar por esto, vas aviado.
Me quedé paralizado, estaba acostumbrado a ese tipo de contestaciones pero cada vez me sorprendía más. Cada vez que escuchaba una frase de esas que le quitan importancia a las cosas banales, la imaginación se iba camino a la locura.
Me quedé paralizado, estaba acostumbrado a ese tipo de contestaciones pero cada vez me sorprendía más. Cada vez que escuchaba una frase de esas que le quitan importancia a las cosas banales, la imaginación se iba camino a la locura.
La siguiente imagen que recuerdo era la de sus ojos a pocos
centímetros de los míos.
Los siguientes días que
nos cruzábamos en el parque después del encontronazo, intentaba desviar la
mirada, me sentía tan mal, como si todo lo que tocara lo fuera a fastidiar.
Pero incompresiblemente, cuando nos veíamos en el parque, ella se reía de mi
con una frase, seguido de una risa burlona:
- No mires hacia las
estrellas, que después terminas estrellado.
La historia se pone interesante... jejeje En los próximos capítulos veremos qué va pasando con estos "encontronazos casuales".
ResponderEliminar¡Ánimo Manu!